Civiles libaneses se suman al Ejército en el asedio del campo
# • Luchan con los soldados, limpian sus armas e identifican posiciones enemigas
# • "A los terroristas hay que matarlos a todos", dice un comerciante

Abú Yafar sale de un vehículo destartalado con un kalashnikov en ristre y una cinta verde de guerrillero en la frente. Está sudado y mugriento, pero derrocha orgullo por todos los poros. Desde el primer día de combates entre el Ejército libanés y los extremistas sunís de Al Fatá al Islam, este criador de pollos, obeso como una cebolla, se unió como voluntario a las fuerzas estatales.
Sin uniforme ni pertrechos, solo con su polvoriento fusil de asalto que, como la mayoría de libaneses, conserva en casa desde la guerra civil. "Todos los que luchan contra el Líbano son nuestros enemigos, sean palestinos, sirios o de Al Qaeda", afirma desafiante en un país donde el patriotismo cotiza al alza desde el asesinato de Hariri y la expulsión de los militares sirios hace dos años.
TABLETEO CONSTANTE
Abú Yafar y docenas de vecinos de los pueblos cercanos al campo de refugiados palestinos de Nahar al Bared, sobre el que ruge constantemente el tableteo de las ametralladoras, los morteros y las granadas, ayudan a los militares limpiando armas, identificando posiciones de la guerrilla y pegando tiros cuando hace falta. "Estoy en la tienda y esta gente, que son invitados en el Líbano, empieza a disparar. ¿Tú que harías, quedarte en casa sentado?", pregunta con rabia.
Este último episodio de violencia ha despertado el rencor, e incluso el odio, que un sector importante de la sociedad libanesa siente hacia los palestinos al considerarlos responsables de provocar la guerra civil y la invasión israelí de 1982.
"Ellos tienen un país, hasta que no regresen no podremos vivir en paz y tranquilos", concede Mohamed Mustu, un taxista con vocación suicida que atraviesa a todo gas la carretera frente a Nahar al Bared, convertida en el frente de batalla que separa a ambos bandos. Otros son más radicales: "A los terroristas hay que matarlos a todos y al resto, expulsarlos", dice un comerciante de Aabde, el pueblo suní situado frente al campo.
RELACIONES CORDIALES
Hasta esta crisis los libaneses de Trípoli mantenían relaciones relativamente buenas con sus vecinos palestinos, encerrados en ese campo de ocho puertas controladas por el Ejército, que es hoy una pequeña ciudad de hormigón, superpoblada y pobre como una cloaca. Muchos iban a comprar a Nahar al Bared, desde tabaco de contrabando a textiles, o los contrataban como mano de obra barata.
Porque en el Líbano los palestinos son parias apestados. Las leyes les prohíben comprar propiedades, están vetados para ejercer más de 70 profesiones y sobreviven solo gracias a la educación y la sanidad que presta la ONU en los campos. No es de extrañar que este entorno sea caldo de cultivo del extremismo islámico.
Entre los muertos de estos días se ha identificado a varios extranjeros, mientras que los vecinos del campo aseguran conocer la presencia de yemenís, bangladesís, sirios y magrebís en Nahar al Bared, algunos curtidos en Irak y Afganistán.
La tensión entre libaneses y palestinos es una bomba de relojería. "Espero que el Ejército no mate a muchos civiles, porque si no los 12 campos se pueden levantar en armas", dice Mohamed Hafza, un libanés.
23/5/2007 Edición Impresa CRECIENTE TENSIÓN ENTRE COMUNIDADES
Miércoles 23 mayo 2007
El Periódico de Catalunya
Barcelona España
http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=408531&idseccio_PK=1007&h=070523
# • "A los terroristas hay que matarlos a todos", dice un comerciante

Abú Yafar sale de un vehículo destartalado con un kalashnikov en ristre y una cinta verde de guerrillero en la frente. Está sudado y mugriento, pero derrocha orgullo por todos los poros. Desde el primer día de combates entre el Ejército libanés y los extremistas sunís de Al Fatá al Islam, este criador de pollos, obeso como una cebolla, se unió como voluntario a las fuerzas estatales.
Sin uniforme ni pertrechos, solo con su polvoriento fusil de asalto que, como la mayoría de libaneses, conserva en casa desde la guerra civil. "Todos los que luchan contra el Líbano son nuestros enemigos, sean palestinos, sirios o de Al Qaeda", afirma desafiante en un país donde el patriotismo cotiza al alza desde el asesinato de Hariri y la expulsión de los militares sirios hace dos años.
TABLETEO CONSTANTE
Abú Yafar y docenas de vecinos de los pueblos cercanos al campo de refugiados palestinos de Nahar al Bared, sobre el que ruge constantemente el tableteo de las ametralladoras, los morteros y las granadas, ayudan a los militares limpiando armas, identificando posiciones de la guerrilla y pegando tiros cuando hace falta. "Estoy en la tienda y esta gente, que son invitados en el Líbano, empieza a disparar. ¿Tú que harías, quedarte en casa sentado?", pregunta con rabia.
Este último episodio de violencia ha despertado el rencor, e incluso el odio, que un sector importante de la sociedad libanesa siente hacia los palestinos al considerarlos responsables de provocar la guerra civil y la invasión israelí de 1982.
"Ellos tienen un país, hasta que no regresen no podremos vivir en paz y tranquilos", concede Mohamed Mustu, un taxista con vocación suicida que atraviesa a todo gas la carretera frente a Nahar al Bared, convertida en el frente de batalla que separa a ambos bandos. Otros son más radicales: "A los terroristas hay que matarlos a todos y al resto, expulsarlos", dice un comerciante de Aabde, el pueblo suní situado frente al campo.
RELACIONES CORDIALES
Hasta esta crisis los libaneses de Trípoli mantenían relaciones relativamente buenas con sus vecinos palestinos, encerrados en ese campo de ocho puertas controladas por el Ejército, que es hoy una pequeña ciudad de hormigón, superpoblada y pobre como una cloaca. Muchos iban a comprar a Nahar al Bared, desde tabaco de contrabando a textiles, o los contrataban como mano de obra barata.
Porque en el Líbano los palestinos son parias apestados. Las leyes les prohíben comprar propiedades, están vetados para ejercer más de 70 profesiones y sobreviven solo gracias a la educación y la sanidad que presta la ONU en los campos. No es de extrañar que este entorno sea caldo de cultivo del extremismo islámico.
Entre los muertos de estos días se ha identificado a varios extranjeros, mientras que los vecinos del campo aseguran conocer la presencia de yemenís, bangladesís, sirios y magrebís en Nahar al Bared, algunos curtidos en Irak y Afganistán.
La tensión entre libaneses y palestinos es una bomba de relojería. "Espero que el Ejército no mate a muchos civiles, porque si no los 12 campos se pueden levantar en armas", dice Mohamed Hafza, un libanés.
23/5/2007 Edición Impresa CRECIENTE TENSIÓN ENTRE COMUNIDADES
Miércoles 23 mayo 2007
El Periódico de Catalunya
Barcelona España
http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=408531&idseccio_PK=1007&h=070523



