Terrorismo a las puertas
Los atentados terroristas que estos días han sacudido Argel y Casablanca son muy preocupantes para España.

En Argelia han sido llevados a cabo por la recién nacida Al Qaeda en Tierra del Magreb Islámico, que es una reconversión del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), que a su vez se escindió del Grupo Islámico Armado (GIA) por desacuerdo con la táctica de matanzas indiscriminadas que éste practicó durante los quince años de lucha que tantos muertos y sufrimientos han dejado en el país.
Se trata de un grupo con amplia experiencia en la lucha armada que quiere recrear un califato que abarque «desde Jerusalén hasta Al Andalus» y que está reforzado por combatientes que han ganado experiencia y laureles en Afganistán e Iraq, convertidos así en plataforma de irradiación de terrorismo a escala mundial.
Esta rama de Al Qaeda se ha convertido por voluntad propia en representante para África del Norte del grupo que lideran Osama bin Laden y Zayman Al-Zawahiri desde sus probables refugios en las montañas del Waziristán. Esto quiere decir que el terrorismo de raíz medio oriental se ha instalado en las riberas occidentales del Mediterráneo, adonde ha llegado por el corredor del Sahel que une al Sudán con Mauritania, pasando por Chad, la República Centroafricana, Níger, Argelia y Malí y que ningún país de la zona está en condiciones de controlar.
No está claro todavía si esta modalidad de terrorismo sigue al pie de la letra las directrices de Bin Laden o se limita a interpretar con autonomía sus orientaciones genéricas, pues la morfología de la red no es tanto jerárquica y estructurada como poliédrica y flexible. No hay que olvidar que Al Qaeda no es un grupo o, al menos, no es sólo un grupo, sino, sobre todo, una idea, y como tal muy difícil de combatir.
En el caso de Marruecos, los atentados de Casablanca han tenido mucha menor entidad, han podido ser en parte frustrados por las fuerzas de seguridad, han producido muchas menos víctimas y parecen haber sido llevados a cabo por un grupo local de raíz salafista radical, menos estructurado y organizado, que no obedece tanto a directrices internacionales sino que hace una interpretación propia de la situación y de sus deberes ante ella, aunque también se vincule internacionalmente por la vía de sus contactos con el Grupo Combatiente Islámico Marroquí, a su vez relacionado con homónimos argelinos y libios.
Sigue, pues, en la línea de los atentados que también llenaron de sangre la ciudad de Casablanca en 2003, cuando algunos terroristas se inmolaron haciendo detonar sus mochilas explosivas en varios lugares de la ciudad entre los que se encontraba la Casa de España de aquella ciudad. En mi opinión, no se trató en aquella ocasión de un atentado dirigido contra nuestro país, sino contra el propio régimen marroquí, contra intereses judíos y contra lo que consideraban lugares de vicio y de pecado, como eran un hotel donde había prostitución y nuestra propia Casa de España, que permitía a los clientes marroquíes las barbaridades de beber alcohol y jugar al bingo.
Lo que nos debe preocupar de todo esto no es sólo el sufrimiento y la debida solidaridad con las víctimas que estos atentados han hecho en dos países amigos y vecinos, sino el hecho de que el terrorismo propio de Oriente Medio ha abierto una sucursal a nuestras puertas y que esa sucursal está integrada por argelinos y marroquíes, que son dos comunidades con amplia representación en España.
Son colectivos de gentes laboriosas y trabajadoras en su gran mayoría pero en las que también hay elementos extremistas entre los que los terroristas pueden encontrar refugio y apoyo, particularmente en estos momentos en que se han desatado poderosas operaciones policiales en Argelia y Marruecos y los sospechosos tienden a esconderse bajo tierra hasta que las cosas se calmen o a huir a Europa, donde el primer país que se encuentran es el nuestro. No olvidemos que el trágico 11 de marzo se fraguó en medios de norteafricanos residentes en España vinculados con la droga y con contactos con delincuentes nacionales que les proporcionaron los explosivos. En todo caso, es un riesgo que compartimos con el resto de países de nuestro continente, aunque nuestra proximidad geográfica sea mayor.
Pero hay otra cuestión que ya nos afecta de modo particular como españoles y que por absurda y ridícula que nos parezca es algo muy serio y que va ganando terreno con el paso del tiempo. Desde hace años he visto muchas veces en despachos de políticos de todo el mundo árabe mapas donde la Umma, la tierra sin fronteras políticas donde se profesa la religión musulmana, aparecía pintada con el color verde del Islam. Pues bien, en esos mapas se incluía casi toda la península Ibérica, también pintada de verde.
Cuando se lo reprochaba -cosa que tuve ocasión de hacer en varias ocasiones-, los dirigentes árabes solían responder que aquello no tenía importancia, que se trataba de una simple referencia cultural que sólo reflejaba con nostalgia el dato histórico e incontrovertible de un pasado lejano y añorado en el que los musulmanes dominaban política, militar e intelectualmente el mundo conocido.
Hoy el asunto adquiere otra gravedad al ser repetidamente mencionada Al Andalus en los comunicados de Al Qaeda y de su filial Al Qaeda en Tierra del Magreb Islámico como una tierra irredenta donde debe volver a señorear la fe de Mahoma. No, no es ninguna broma, aunque nos lo parezca desde todos los puntos de vista.
Para ellos, para los islamistas radicales, existe el concepto de Dar El Islam, la casa o tierra de paz de los creyentes en contraposición al resto del mundo, que describen como la tierra de los impíos y de las tinieblas, Dar El Kufra. Pues bien, desde esta mentalidad, lo que un día formó parte de Dar El Islam debe volver a integrase en él y trabajar con esta finalidad es obligación de todo buen musulmán, y debemos recordar al respecto que esto no se aplica sólo a Andalucía, pues, como bien sabemos, la invasión de la Península sólo fue frenada en Poitiers, que está al norte de los Pirineos.
Sobre Ceuta y Melilla no merece la pena insistir porque a ambas ciudades se aplica de forma prioritaria esta reclamación -al ser comparadas con la Palestina ocupada- que se refuerza aún más en su caso por el hecho incontrovertible de hallarse ambas situadas en la costa de un país musulmán, como es Marruecos, donde también hay un irredentismo político sobre ellas que, cierto es, sólo se plantea en términos diplomáticos y políticos.
Por eso conviene tomar muy en serio también la reivindicación, amable por el momento, que hoy hacen algunos países musulmanes para que la mezquita de Córdoba se dedique al culto islámico arguyendo razones de tipo cultural y esgrimiendo el concepto que tan caro nos es a los europeos de la tolerancia.
Pero no todo vale. La historia no se reescribe como pretendieron hacer los absolutistas de Fernando VII o los comunistas de Stalin, entre otros. Espero que nunca se ceda en este asunto por muchas razones de principio -entre otras porque fue iglesia cristiana con los visigodos, antes de ser convertida en mezquita- y porque abriría la puerta a una miríada de otras reivindicaciones posteriores. En estas cosas hay que ser muy firmes porque no suelen ser inocentes, como muestra el caso de los mapas citados más arriba.
Este nuevo terrorismo que apunta en el Magreb debe ser combatido con toda firmeza dentro de la ley y con toda la colaboración posible entre los servicios de inteligencia y las fuerzas de seguridad de todos los países concernidos, en ambas riberas del Mediterráneo como ya se viene haciendo desde hace años.
No nos engañemos, el primer objetivo de estos terroristas fanáticos son los que consideran regímenes impíos y corruptos de sus propios países, regímenes que no aplican la ley islámica (Chariah) como ley suprema, sino que copian los modelos occidentales de democracia participativa.
Pero después venimos nosotros, los que habitamos un país donde durante 800 años los almuecines invocaron el nombre de Alá y donde la civilización musulmana alcanzó su más alto grado de esplendor cultural y científico, hasta el punto de convertirse en la referencia mitificada de un pasado brillante que contrasta con las miserias y frustraciones del presente.
Conviene no olvidarlo.
JORGE DEZCÁLLAR
*Diplomático.
Ex Directo CNI Centro Nacional Inteligencia
Edición digital nº3516
Domingo, 29 de abril de 2007
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Valencia España
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En Argelia han sido llevados a cabo por la recién nacida Al Qaeda en Tierra del Magreb Islámico, que es una reconversión del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), que a su vez se escindió del Grupo Islámico Armado (GIA) por desacuerdo con la táctica de matanzas indiscriminadas que éste practicó durante los quince años de lucha que tantos muertos y sufrimientos han dejado en el país.
Se trata de un grupo con amplia experiencia en la lucha armada que quiere recrear un califato que abarque «desde Jerusalén hasta Al Andalus» y que está reforzado por combatientes que han ganado experiencia y laureles en Afganistán e Iraq, convertidos así en plataforma de irradiación de terrorismo a escala mundial.
Esta rama de Al Qaeda se ha convertido por voluntad propia en representante para África del Norte del grupo que lideran Osama bin Laden y Zayman Al-Zawahiri desde sus probables refugios en las montañas del Waziristán. Esto quiere decir que el terrorismo de raíz medio oriental se ha instalado en las riberas occidentales del Mediterráneo, adonde ha llegado por el corredor del Sahel que une al Sudán con Mauritania, pasando por Chad, la República Centroafricana, Níger, Argelia y Malí y que ningún país de la zona está en condiciones de controlar.
No está claro todavía si esta modalidad de terrorismo sigue al pie de la letra las directrices de Bin Laden o se limita a interpretar con autonomía sus orientaciones genéricas, pues la morfología de la red no es tanto jerárquica y estructurada como poliédrica y flexible. No hay que olvidar que Al Qaeda no es un grupo o, al menos, no es sólo un grupo, sino, sobre todo, una idea, y como tal muy difícil de combatir.
En el caso de Marruecos, los atentados de Casablanca han tenido mucha menor entidad, han podido ser en parte frustrados por las fuerzas de seguridad, han producido muchas menos víctimas y parecen haber sido llevados a cabo por un grupo local de raíz salafista radical, menos estructurado y organizado, que no obedece tanto a directrices internacionales sino que hace una interpretación propia de la situación y de sus deberes ante ella, aunque también se vincule internacionalmente por la vía de sus contactos con el Grupo Combatiente Islámico Marroquí, a su vez relacionado con homónimos argelinos y libios.
Sigue, pues, en la línea de los atentados que también llenaron de sangre la ciudad de Casablanca en 2003, cuando algunos terroristas se inmolaron haciendo detonar sus mochilas explosivas en varios lugares de la ciudad entre los que se encontraba la Casa de España de aquella ciudad. En mi opinión, no se trató en aquella ocasión de un atentado dirigido contra nuestro país, sino contra el propio régimen marroquí, contra intereses judíos y contra lo que consideraban lugares de vicio y de pecado, como eran un hotel donde había prostitución y nuestra propia Casa de España, que permitía a los clientes marroquíes las barbaridades de beber alcohol y jugar al bingo.
Lo que nos debe preocupar de todo esto no es sólo el sufrimiento y la debida solidaridad con las víctimas que estos atentados han hecho en dos países amigos y vecinos, sino el hecho de que el terrorismo propio de Oriente Medio ha abierto una sucursal a nuestras puertas y que esa sucursal está integrada por argelinos y marroquíes, que son dos comunidades con amplia representación en España.
Son colectivos de gentes laboriosas y trabajadoras en su gran mayoría pero en las que también hay elementos extremistas entre los que los terroristas pueden encontrar refugio y apoyo, particularmente en estos momentos en que se han desatado poderosas operaciones policiales en Argelia y Marruecos y los sospechosos tienden a esconderse bajo tierra hasta que las cosas se calmen o a huir a Europa, donde el primer país que se encuentran es el nuestro. No olvidemos que el trágico 11 de marzo se fraguó en medios de norteafricanos residentes en España vinculados con la droga y con contactos con delincuentes nacionales que les proporcionaron los explosivos. En todo caso, es un riesgo que compartimos con el resto de países de nuestro continente, aunque nuestra proximidad geográfica sea mayor.
Pero hay otra cuestión que ya nos afecta de modo particular como españoles y que por absurda y ridícula que nos parezca es algo muy serio y que va ganando terreno con el paso del tiempo. Desde hace años he visto muchas veces en despachos de políticos de todo el mundo árabe mapas donde la Umma, la tierra sin fronteras políticas donde se profesa la religión musulmana, aparecía pintada con el color verde del Islam. Pues bien, en esos mapas se incluía casi toda la península Ibérica, también pintada de verde.
Cuando se lo reprochaba -cosa que tuve ocasión de hacer en varias ocasiones-, los dirigentes árabes solían responder que aquello no tenía importancia, que se trataba de una simple referencia cultural que sólo reflejaba con nostalgia el dato histórico e incontrovertible de un pasado lejano y añorado en el que los musulmanes dominaban política, militar e intelectualmente el mundo conocido.
Hoy el asunto adquiere otra gravedad al ser repetidamente mencionada Al Andalus en los comunicados de Al Qaeda y de su filial Al Qaeda en Tierra del Magreb Islámico como una tierra irredenta donde debe volver a señorear la fe de Mahoma. No, no es ninguna broma, aunque nos lo parezca desde todos los puntos de vista.
Para ellos, para los islamistas radicales, existe el concepto de Dar El Islam, la casa o tierra de paz de los creyentes en contraposición al resto del mundo, que describen como la tierra de los impíos y de las tinieblas, Dar El Kufra. Pues bien, desde esta mentalidad, lo que un día formó parte de Dar El Islam debe volver a integrase en él y trabajar con esta finalidad es obligación de todo buen musulmán, y debemos recordar al respecto que esto no se aplica sólo a Andalucía, pues, como bien sabemos, la invasión de la Península sólo fue frenada en Poitiers, que está al norte de los Pirineos.
Sobre Ceuta y Melilla no merece la pena insistir porque a ambas ciudades se aplica de forma prioritaria esta reclamación -al ser comparadas con la Palestina ocupada- que se refuerza aún más en su caso por el hecho incontrovertible de hallarse ambas situadas en la costa de un país musulmán, como es Marruecos, donde también hay un irredentismo político sobre ellas que, cierto es, sólo se plantea en términos diplomáticos y políticos.
Por eso conviene tomar muy en serio también la reivindicación, amable por el momento, que hoy hacen algunos países musulmanes para que la mezquita de Córdoba se dedique al culto islámico arguyendo razones de tipo cultural y esgrimiendo el concepto que tan caro nos es a los europeos de la tolerancia.
Pero no todo vale. La historia no se reescribe como pretendieron hacer los absolutistas de Fernando VII o los comunistas de Stalin, entre otros. Espero que nunca se ceda en este asunto por muchas razones de principio -entre otras porque fue iglesia cristiana con los visigodos, antes de ser convertida en mezquita- y porque abriría la puerta a una miríada de otras reivindicaciones posteriores. En estas cosas hay que ser muy firmes porque no suelen ser inocentes, como muestra el caso de los mapas citados más arriba.
Este nuevo terrorismo que apunta en el Magreb debe ser combatido con toda firmeza dentro de la ley y con toda la colaboración posible entre los servicios de inteligencia y las fuerzas de seguridad de todos los países concernidos, en ambas riberas del Mediterráneo como ya se viene haciendo desde hace años.
No nos engañemos, el primer objetivo de estos terroristas fanáticos son los que consideran regímenes impíos y corruptos de sus propios países, regímenes que no aplican la ley islámica (Chariah) como ley suprema, sino que copian los modelos occidentales de democracia participativa.
Pero después venimos nosotros, los que habitamos un país donde durante 800 años los almuecines invocaron el nombre de Alá y donde la civilización musulmana alcanzó su más alto grado de esplendor cultural y científico, hasta el punto de convertirse en la referencia mitificada de un pasado brillante que contrasta con las miserias y frustraciones del presente.
Conviene no olvidarlo.
JORGE DEZCÁLLAR
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Domingo, 29 de abril de 2007
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