De Arístegui: «En Europa se está conformando una nueva generación de islamistas radicales»
«Entre el 20 y el 30% de los creyentes del Islam tiene cierta simpatía por las tesis yihadistas»

«Después de que mi padre hubiera sido secuestrado por radicales chiitas fuimos a verlo al Líbano. Allí entablé conversación con una persona que me preguntó de dónde era. Al responderle que de España, él citó al-Andalus. Me dijo algo que no se me olvidará nunca: "No se preocupe. Los liberaremos de la corrupción occidental". En ese momento me di cuenta de que teníamos un serio problema».
Esos hechos, relatados por el directivo de Tribuna Ciudadana Javier Gámez, fueron protagonizados hace veinte años por el diputado del PP, diplomático y experto en el mundo islámico Gustavo de Arístegui, que ayer ofreció una conferencia en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA bajo el título «Las relaciones del Islam con Occidente: pasado, presente y futuro».
Tras explicar la diferencia entre el Islam y el islamismo, entre la religión y lo que de ella han hecho los islamistas radicales, De Arístegui comenzó su exposición con una cita del filósofo francés André Gluckman, quien, «con un enorme desacierto, aseguró que los terroristas son nihilistas». En su opinión, en cambio, «no hay nadie que tenga más claros sus objetivos que un terrorista». El más importante para el terrorismo yihadista, afirmó, «es derrocar a los regímenes y gobiernos que ellos consideran corruptos, impíos, antiislámicos pero, ante todo, apóstatas».
La apostasía, explicó, «es un concepto de extraordinaria importancia en el Derecho islámico, puesto que al infiel se le considera un ignorante que no ha visto la luz de la revelación, mientras que al apóstata se le considera un renegado de la fe, convirtiéndose, así, en un traidor y en un peligroso ejemplo negativo para el resto de la comunidad». «La apostasía se castiga con la muerte», precisó, «y al condenado no le puede perdonar ninguna instancia humana». Esa es, según el diplomático, la justificación última de la barbarie.
«La segunda de sus obsesiones es», según De Arístegui, «la reconquista de los territorios que estuvieron en su poder en algún momento de la historia, aunque haya sido un solo día», y recordó que «Gijón tuvo un gobernador moro», lo que «significa que quienes viven en tierras antes islámicas son sus ocupantes ilegítimos en el mejor de los casos y, en el peor, descendientes de apóstatas».
La tercera prioridad para los islamistas radicales, «una minoría entre los 27 millones de creyentes del Islam que viven en Europa», es «la restauración del califato islamista abolido por Ataturk». Sería, según De Arístegui, «una federación de estados brutalmente opresivos como lo fue el régimen talibán» y «la extensión de su forma de ver el Islam al mundo».
De Arístegui definió el islamismo como «una ideología radical» que sustenta sus bases en el «síndrome Andalusí», la nostalgia del pasado; el odio a Occidente, por el que los apóstatas están en el poder; la unificación de las escuelas religiosas del Islam en torno al sunnismo; la expulsión de Israel de su Estado o la reconquista de Jerusalén. Además, según el analista, «entre el 20 y el 30 por ciento de los creyentes del Islam tiene un cierto grado de simpatía por las tesis yihadistas».
Alertó, finalmente, de que «éstos consideran que a Occidente sólo se le puede aplicar la Yihad en su acepción de guerra santa» y de que «en Europa se está conformando una nueva generación de radicales porque estas gentes abyectas saben que van a tener una clientela fácil». «Los reclutamientos», concluyó, «se hacen casi a medida por personas extremadamente inteligentes y adiestradas que buscan terroristas suicidas en barrios, mezquitas, tiendas y centros culturales».
© Prensa Asturiana Media
Otra publicaciones del grupo Editorial Prensa Ibérica
Oviedo, A. VILLACORTA
La Nueva España
EDITORIAL PRENSA ASTURIANA
Director: Isidoro Nicieza
Sábado , 24 de junio de 2006
http://www.lne.es/
http://www.lne.es/secciones/noticia.jsp?pNumEjemplar=1314&pIdSeccion=42&pIdNoticia=418007

«Después de que mi padre hubiera sido secuestrado por radicales chiitas fuimos a verlo al Líbano. Allí entablé conversación con una persona que me preguntó de dónde era. Al responderle que de España, él citó al-Andalus. Me dijo algo que no se me olvidará nunca: "No se preocupe. Los liberaremos de la corrupción occidental". En ese momento me di cuenta de que teníamos un serio problema».
Esos hechos, relatados por el directivo de Tribuna Ciudadana Javier Gámez, fueron protagonizados hace veinte años por el diputado del PP, diplomático y experto en el mundo islámico Gustavo de Arístegui, que ayer ofreció una conferencia en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA bajo el título «Las relaciones del Islam con Occidente: pasado, presente y futuro».
Tras explicar la diferencia entre el Islam y el islamismo, entre la religión y lo que de ella han hecho los islamistas radicales, De Arístegui comenzó su exposición con una cita del filósofo francés André Gluckman, quien, «con un enorme desacierto, aseguró que los terroristas son nihilistas». En su opinión, en cambio, «no hay nadie que tenga más claros sus objetivos que un terrorista». El más importante para el terrorismo yihadista, afirmó, «es derrocar a los regímenes y gobiernos que ellos consideran corruptos, impíos, antiislámicos pero, ante todo, apóstatas».
La apostasía, explicó, «es un concepto de extraordinaria importancia en el Derecho islámico, puesto que al infiel se le considera un ignorante que no ha visto la luz de la revelación, mientras que al apóstata se le considera un renegado de la fe, convirtiéndose, así, en un traidor y en un peligroso ejemplo negativo para el resto de la comunidad». «La apostasía se castiga con la muerte», precisó, «y al condenado no le puede perdonar ninguna instancia humana». Esa es, según el diplomático, la justificación última de la barbarie.
«La segunda de sus obsesiones es», según De Arístegui, «la reconquista de los territorios que estuvieron en su poder en algún momento de la historia, aunque haya sido un solo día», y recordó que «Gijón tuvo un gobernador moro», lo que «significa que quienes viven en tierras antes islámicas son sus ocupantes ilegítimos en el mejor de los casos y, en el peor, descendientes de apóstatas».
La tercera prioridad para los islamistas radicales, «una minoría entre los 27 millones de creyentes del Islam que viven en Europa», es «la restauración del califato islamista abolido por Ataturk». Sería, según De Arístegui, «una federación de estados brutalmente opresivos como lo fue el régimen talibán» y «la extensión de su forma de ver el Islam al mundo».
De Arístegui definió el islamismo como «una ideología radical» que sustenta sus bases en el «síndrome Andalusí», la nostalgia del pasado; el odio a Occidente, por el que los apóstatas están en el poder; la unificación de las escuelas religiosas del Islam en torno al sunnismo; la expulsión de Israel de su Estado o la reconquista de Jerusalén. Además, según el analista, «entre el 20 y el 30 por ciento de los creyentes del Islam tiene un cierto grado de simpatía por las tesis yihadistas».
Alertó, finalmente, de que «éstos consideran que a Occidente sólo se le puede aplicar la Yihad en su acepción de guerra santa» y de que «en Europa se está conformando una nueva generación de radicales porque estas gentes abyectas saben que van a tener una clientela fácil». «Los reclutamientos», concluyó, «se hacen casi a medida por personas extremadamente inteligentes y adiestradas que buscan terroristas suicidas en barrios, mezquitas, tiendas y centros culturales».
© Prensa Asturiana Media
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Oviedo, A. VILLACORTA
La Nueva España
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Director: Isidoro Nicieza
Sábado , 24 de junio de 2006
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http://www.lne.es/secciones/noticia.jsp?pNumEjemplar=1314&pIdSeccion=42&pIdNoticia=418007



