Terror y petróleo
Es muy poco probable que Al Qaida tenga los medios precisos para conseguir una disminución significativa del flujo del petróleo de Oriente Medio hacia el mercado occidental.
El problema es que no es ése su objetivo, sino uno mucho más simple y que sí está a su alcance: basta con llevar el pánico a los mercados internacionales para que, en conjunción con los especuladores de siempre, el barril de crudo experimente alzas que nada tienen que ver con la pura mecánica de la oferta y la demanda.
De esta forma, el déficit energético de Europa y Estados Unidos se convierte en una baza para el terror de previsibles consecuencias. Si a esta circunstancia se le suma la realidad de que las emergentes economías iberoamericanas y asiáticas, especialmente Brasil, China y la India, van a multiplicar el consumo energético mundial en las próximas dos décadas, podremos comprender todo el alcance de la amenaza.
Uno de los rasgos que distinguen a Ben Laden sobre el resto de los diversos «profetas» del terrorismo islamista es que el saudí conoce a la perfección los mecanismos financieros sobre los que se asienta la economía occidental y los reflejos condicionados de sus gestores. Y es perfectamente consciente de que creando las condiciones adecuadas se puede provocar un movimiento de reacción infinitamente mucho más dañino para la estabilidad de Occidente que la continua sangría iraquí.
Por supuesto, uno de los elementos clave de esta estrategia descansa sobre la propaganda y la infinita capacidad que tienen los medios de comunicación europeos y norteamericanos para hacerla llegar a todos los rincones del globo. La interrupción parcial de un oleoducto, ya sea en Iraq o en Arabia Saudí, insignificante en sí misma, cobra su verdadero efecto gracias a la difusión de las imágenes del crudo en llamas.
Pero la repetición de esos actos se convierte, a la larga, en un hecho anodino que desaparece con relativa premura de las programaciones.
De ahí la necesidad de provocar atentados «espectaculares», como el hundimiento de algún superpetrolero cerca de la costa, es decir, de las cámaras de televisión, con sus secuelas de muerte, fuego y contaminación. Porque, no lo olvidemos, de lo que se trata es de llevar a la conciencia del consumidor la inminencia de una crisis de abastecimiento, sea ésta real o no.
El eje Canarias-Estrecho-Baleares, por donde discurre la mayor ruta enérgetica, recupera, de esta forma, su verdadera dimensión estratégica. Dos o tres golpes desgraciados en un punto tan sensible pueden causar unos efectos absolutamente desproporcionados sobre el mercado mundial del crudo. Lejos de cualquier alarmismo, hace bien la OTAN en extremar la vigilancia.
El problema es que no es ése su objetivo, sino uno mucho más simple y que sí está a su alcance: basta con llevar el pánico a los mercados internacionales para que, en conjunción con los especuladores de siempre, el barril de crudo experimente alzas que nada tienen que ver con la pura mecánica de la oferta y la demanda.
De esta forma, el déficit energético de Europa y Estados Unidos se convierte en una baza para el terror de previsibles consecuencias. Si a esta circunstancia se le suma la realidad de que las emergentes economías iberoamericanas y asiáticas, especialmente Brasil, China y la India, van a multiplicar el consumo energético mundial en las próximas dos décadas, podremos comprender todo el alcance de la amenaza.
Uno de los rasgos que distinguen a Ben Laden sobre el resto de los diversos «profetas» del terrorismo islamista es que el saudí conoce a la perfección los mecanismos financieros sobre los que se asienta la economía occidental y los reflejos condicionados de sus gestores. Y es perfectamente consciente de que creando las condiciones adecuadas se puede provocar un movimiento de reacción infinitamente mucho más dañino para la estabilidad de Occidente que la continua sangría iraquí.
Por supuesto, uno de los elementos clave de esta estrategia descansa sobre la propaganda y la infinita capacidad que tienen los medios de comunicación europeos y norteamericanos para hacerla llegar a todos los rincones del globo. La interrupción parcial de un oleoducto, ya sea en Iraq o en Arabia Saudí, insignificante en sí misma, cobra su verdadero efecto gracias a la difusión de las imágenes del crudo en llamas.
Pero la repetición de esos actos se convierte, a la larga, en un hecho anodino que desaparece con relativa premura de las programaciones.
De ahí la necesidad de provocar atentados «espectaculares», como el hundimiento de algún superpetrolero cerca de la costa, es decir, de las cámaras de televisión, con sus secuelas de muerte, fuego y contaminación. Porque, no lo olvidemos, de lo que se trata es de llevar a la conciencia del consumidor la inminencia de una crisis de abastecimiento, sea ésta real o no.
El eje Canarias-Estrecho-Baleares, por donde discurre la mayor ruta enérgetica, recupera, de esta forma, su verdadera dimensión estratégica. Dos o tres golpes desgraciados en un punto tan sensible pueden causar unos efectos absolutamente desproporcionados sobre el mercado mundial del crudo. Lejos de cualquier alarmismo, hace bien la OTAN en extremar la vigilancia.



