La imagen de la barbarie persigue a los asesinos
Por Angel Casaña
El Mundo
Gregorio Peces-Barba, recién nombrado Alto Comisionado para la Atención a las Víctimas del Terrorismo, solicitó en su primera declaración pública que no se reproduzcan más las imágenes de los atentados del 11-M, «que ya todo el mundo ha visto».
La demanda sólo puede entenderse por el lógico impacto de la emotiva comparecencia de Pilar Manjón ante la Comisión del 11-M.
De igual forma podría decirse: no volvamos a repetir que hubo 192 víctimas, todo el mundo ya lo sabe.
El equilibrio entre el derecho a la información y la sensibilidad por un hecho tan cercano ha estado presente en las redacciones durante todos estos meses.
Puedo asegurar que las fotos publicadas no son, ni mucho menos, las más duras que pudimos ver ese trágico día.
Sin embargo, pedir que borremos de la conciencia colectiva todo ese dolor es una irresponsabilidad que no tiene en cuenta la obligación a informar que tienen los medios y la función de concienciación social que tiene la fotografía.
La propuesta olvida el efecto de la imagen ofrecida con ponderación.
El impacto que tuvo el 11-M en todo el mundo no se habría conseguido de no ser por las terribles escenas que pudimos ver a través de la televisión o de las páginas de los periódicos.
El rostro de Sergio Gil, con su ojo a punto de estallar -felizmente recuperado ya- se convirtió en icono gracias a los medios nacionales e internacionales, que mostraron la dimensión humana de estos atentados.
¿Se habría movilizado la sociedad como lo hizo de no haber existido esas fotos? ¿Qué efecto habría tenido un apagón gráfico?
El impacto en todo el mundo fue mucho mayor que el obtenido en la otra gran matanza islamista: los que tuvieron como objetivo las Torres Gemelas y el Pentágono.
El borrado de imágenes que propone el Alto Comisionado nos llevaría a un caso similar al vivido por los ciudadanos norteamericanos: asistieron a una masacre en versión sin víctimas.
Pero, además, se olvida el impacto en las conciencias provocado, por ejemplo, por las imágenes de los atentados más sanguinarios de ETA.
Se olvida cuántas movilizaciones internacionales se han conseguido a base de fotos o reportajes de televisión.
Se olvida también que la imagen de la barbarie persigue a los asesinos.
Angel Casaña es jefe de Fotografía de EL MUNDO
El Mundo
Gregorio Peces-Barba, recién nombrado Alto Comisionado para la Atención a las Víctimas del Terrorismo, solicitó en su primera declaración pública que no se reproduzcan más las imágenes de los atentados del 11-M, «que ya todo el mundo ha visto».
La demanda sólo puede entenderse por el lógico impacto de la emotiva comparecencia de Pilar Manjón ante la Comisión del 11-M.
De igual forma podría decirse: no volvamos a repetir que hubo 192 víctimas, todo el mundo ya lo sabe.
El equilibrio entre el derecho a la información y la sensibilidad por un hecho tan cercano ha estado presente en las redacciones durante todos estos meses.
Puedo asegurar que las fotos publicadas no son, ni mucho menos, las más duras que pudimos ver ese trágico día.
Sin embargo, pedir que borremos de la conciencia colectiva todo ese dolor es una irresponsabilidad que no tiene en cuenta la obligación a informar que tienen los medios y la función de concienciación social que tiene la fotografía.
La propuesta olvida el efecto de la imagen ofrecida con ponderación.
El impacto que tuvo el 11-M en todo el mundo no se habría conseguido de no ser por las terribles escenas que pudimos ver a través de la televisión o de las páginas de los periódicos.
El rostro de Sergio Gil, con su ojo a punto de estallar -felizmente recuperado ya- se convirtió en icono gracias a los medios nacionales e internacionales, que mostraron la dimensión humana de estos atentados.
¿Se habría movilizado la sociedad como lo hizo de no haber existido esas fotos? ¿Qué efecto habría tenido un apagón gráfico?
El impacto en todo el mundo fue mucho mayor que el obtenido en la otra gran matanza islamista: los que tuvieron como objetivo las Torres Gemelas y el Pentágono.
El borrado de imágenes que propone el Alto Comisionado nos llevaría a un caso similar al vivido por los ciudadanos norteamericanos: asistieron a una masacre en versión sin víctimas.
Pero, además, se olvida el impacto en las conciencias provocado, por ejemplo, por las imágenes de los atentados más sanguinarios de ETA.
Se olvida cuántas movilizaciones internacionales se han conseguido a base de fotos o reportajes de televisión.
Se olvida también que la imagen de la barbarie persigue a los asesinos.
Angel Casaña es jefe de Fotografía de EL MUNDO



