Prepublicación. Al-Qaeda está aquí
Valentí Puig
Valentí Puig ofrece en su ensayo "Por un futuro imperfecto" (Destino) «un repaso incompleto de lo que sabemos fragmentariamente sobre el paso del siglo XX al XXI», según explica el autor en la introducción, que ofrecemos parcialmente. Un paso marcado por la caída del Muro, a finales de 1989, y el estruendo de otra caída, la de las Torres Gemelas, en septiembre de 2001, y sus horrendas réplicas (como la del 11-M). Sobre la mesa, las tibiezas y los temores de una UE ampliada, un Islam fracturado, los espejismos de Naciones Unidas, cierta desilusión democrática, las sombras del multiculturalismo, los dilemas bioéticos...Al caer las Torres Gemelas de Manhattan alguien recordó al teólogo Rinhold Niebuhr cuando decía que incluso aquellos con parte de culpa tienen derecho a la defensa propia. Norteamérica, agredida, tuvo que ir a la caza de Osama Bin Laden en las montañas afganas, hasta que cayó el régimen de los talibanes. Al-Qaeda atacaba en Bali o en Filipinas. Luego atacó en Madrid. Bin Laden ha querido alterar drásticamente el mundo musulmán pero hasta ahora eso no ha ocurrido: el califato que iba a expandirse desde el Atlántico al Pacífico no existe pero nosotros nos sabemos más vulnerables. Europa tiene miedo y España ha quedado profundamente empapada con el dolor del 11 de marzo.
Sería un error catastrófico pensar que Al-Qaeda dejó de existir en España porque las elecciones generales de marzo de 2004 han conllevado un cambio de gobierno y un giro en la política exterior. Si ETA busca la destrucción de España, Al-Qaeda ha iniciado una ofensiva para libanizar Europa, la Europa-rehén castigada por haber sido la Europa de la Ilustración y de las catedrales. Bin Laden se propuso reconquistar España mucho antes de la intervención aliada en Irak: para su regresión atroz al califato, el totalitarismo islamista se alía con la alta tecnología, la espingarda cede el paso al terror de la era digital. Anteriores a la intervención en Irak, las amenazas de Bin Laden a España se refieren al sueño dorado del islam, el Al-Andalus que concluyó tras la conquista de Granada. Dimana de la patología extrema del antioccidentalismo y de la revancha del terror contra un mundo que alguien como Bin Laden ve corrompido por la libertad.
Es en el mundo rarefacto y exaltado de las «madrasas» donde se propaga la teología del terror.
La infraestructura de Al-Qaeda en España no es una realidad menor como han revelado las investigaciones sobre el 11-M. Ya tres meses antes del atentado contra las Torres Gemelas de Manhattan, la policía española detuvo en Alicante a quien se consideraba lugarteniente de Osama Bin Laden en Europa. En julio de 2001 los pilotos suicida que iban a demoler las torres de Manhattan se reunían en Tarragona. Mohamed Atta estuvo aquí. El sirio con pasaporte español Imad Eddin Barakat oficiaba como jefe de la célula española de Al-Qaeda. En España las detenciones después del 11-S fueron numerosas y se hizo patente que la organización terrorista de Bin Laden mantenía ramificaciones insospechadas y plenamente operativas. Así llegamos a la desolación y la furia del 11 de marzo, de la mano del totalitarismo teocrático. Bin Laden maneja sus finanzas por Internet, recluta nuevos terroristas, busca la adhesión de pilotos y personal de vuelo, puja en los mercados de armamento nuclear, químico y biológico.
Con los nuevos terroristas se resquebrajan los principios más elementales del convivir mundial: en realidad, su objetivo no es otro que representar otra civilización que se adjudica el derecho y el deber de eliminar a quienes no asuman a Alá. Cuando se producen macro-atentados de Al-Qaeda, se oye en algunas zonas del Islam un clamor congratulado entre las masas reducidas al fanatismo y al odio: necesitan de un gran enemigo exterior para no percatarse de que sus líderes autocráticos les subyugan y explotan cada día en nombre de la aniquilación de Israel o de los Estados Unidos, de unos nuevos guerreros que actúan por fanatismo insoluble en los paisajes de la mundialización. Conocen y poseen la alta tecnología necesaria para intentar destruir la civilización que ha conjugado tecnología y libertad. Al-Qaeda expande sus franquicias en cualquier rincón del mundo, a la velocidad de la luz. El califato será impuesto a lomos de un misil comprado en cualquier ex república soviética.
El islamismo radical cree ciegamente que el Islam es la solución para todo y que es legítimo imponerlo como sea. En la jihad contemporánea, el 11-S y el 11-M son incentivos para proseguir la lucha final. En una entrevista de finales de abril, Bernard Lewis declaraba al Atlantic Monthly que la comunicación fracasa entre Occidente y el Islam. En un momento de convulsión e incertidumbre para Irak, Lewis insistía -frente a la sugerencia de una fragmentación iraquí- en su tesis de una solución monárquica, con la restauración de la monarquía hashemita como gobierno de transición, fundamentado en la constitución iraquí de 1925. En las mismas fechas, Samuel P. Huntington -teórico del choque de civilizaciones- reafirmaba en L'Express que con la intervención norteamericana en Irak se daban dos guerras: la primera -ya ganada- contra Saddam Hussein y su régimen; la segunda contra los iraquíes, y se perderá, entre otras cosas porque Occidente ya no domina el mundo como después de la Gran Guerra. En las circunstancias actuales, la civilización musulmana constituye un bloque ideológico que fuerza a Occidente a abandonar toda pretensión de universalismo. A finales de mayo, la revelación de malos tratos contra presos iraquíes en la penitenciaría de Abu Ghraib incrementaba el vuelco de la opinión pública internacional contra la iniciativa de George Bush jr. También por las mismas fechas, el general Myers, jefe del estado mayor conjunto del ejército de los Estados Unidos, decía: «No hay modo de perder militarmente en Irak. Y a la vez no hay modo de ganar militarmente en Irak». Con la perspectiva de las elecciones presidenciales en noviembre de 2004, perdía popularidad el titular de la Casa Blanca aunque los expertos advertían que las encuestas que realmente valdrán serán las de octubre. En realidad, el candidato demócrata John Kerry no anda diciendo cosas radicalmente distintas sobre Irak.
Si Huntington estaba diciendo que la oposición -respecto a Irak- entre Estados Unidos y el eje franco-alemán es un fracaso de Occidente, George Steiner era muy claro al declarar que el problema en general es la irremediable decadencia de Europa, decadencia debida a la fatiga, a una fatiga enorme. En tal contexto, la crisis trasatlántica reclama tiempo y cordura. A efectos de seguridad de Occidente, la Alianza Atlántica anda buscando todavía su redefinición. A finales de mayo, el holandés Jaapp de Hopp Scheffer, nuevo secretario general de la OTAN, anunció en The Financial Times que la organización requería de un buen zarandeo en el modo de planear y financiar sus operaciones, como parte de una mayor estrategia para adaptarse a las necesidades del siglo XXI. En práctica concordancia con la Unión Europea ampliada, los veintiséis miembros de la OTAN tenían que compartir el coste de sus misiones. Como sabe la OTAN desde el 11-S, la amenaza del terror global implica la disponibilidad de armamento de destrucción masiva.
Para no pocos analistas, incluso para los neoconservadores, a mediados del año 2004, la estrategia de los Estados Unidos en su guerra contra el Islam fundamentalista estaba en fase de crisis. De una parte Al-Qaeda no había logrado una insurrección musulmana a escala global, ni tan siquiera parecía poder instalar la teocracia coránica en Arabia Saudita, pero de otra parte los Estados Unidos parecían haber cronometrado de forma inexacta su intervención militar para derrocar a Saddam Hussein.(...) Con el tiempo, lo que acabe por ocurrir en Irak será una lección de realpolitik. Lo real es imperfecto y al operar sobre la realidad se hace imperfectamente. (...)
Como resumen dramático de la crisis de voluntad en Occidente, André Glucksmann -mâitre à penser en época de tanto amedrentamiento intelectual- dice que ante la ofensiva de Al-Qaeda lo esencial de la batalla está en las mentes de todos los ciudadanos: que expresen claramente que no se dejarán aterrorizar. España, Europa, el mundo entero: Al-Qaeda ha atentado en los cuatro puntos cardinales. No hay voluntad suficiente para globalizar la seguridad frente a organizaciones terroristas que, como Al-Qaeda -según algunos expertos- tienen naturaleza de protoplasma flexible, amorfo, móvil, nómada, transnacional, global, desterritorializado, dinámico e imprevisible. Continuará hablándose de una cláusula de «solidaridad» que obligue a los socios de la Unión Europea a asistir al país-miembro que sea objeto de un ataque terrorista aunque hasta ahora la solidaridad ante el riesgo no ha sido el rasgo más específico de la Europa política. Si la Unión Europea entrase en pánico ante la operatividad del Komitern islamista mostrada en el macroatentado de Madrid, habremos ingresado en una etapa de nuevas fronteras, de populismos xenófobos, de incertidumbre económica, de grandes recelos, de inanición política y de rendición moral. (...)
Por su carácter ahistórico que algunos consideran post-moderno, el idealismo europeísta tiende a olvidar que el sacrosanto egoísmo de las naciones -el interés nacional- es la fuerza más poderosa que rige el equilibrio de Europa. Si el carácter es poder, a la Unión Europea no le sobra voluntad política para ejercer todo su peso en el mundo, como se vio en los Balcanes y ahora en Oriente Medio. Los gobernantes saben que la televisión ha cambiado la sensibilidad del telespectador ante la noticia dolorosa e ingrata. El zapeo conlleva unas clamorosas peticiones de justicia universal que al poco se olvidan para ubicarse en la indignación por otra tragedia remota. Es un martilleo ininterrumpido de crispación moral que parece requerir intervenciones inmediatas in situ, pero esas movilizaciones emotivas son más bien volátiles.
Las mieles de una victoria electoral inesperada contrastan luego con el áspero tacto de la realpolitik, sea uno conservador o socialdemócrata. Con el resultado electoral inmediatamente posterior al atentado de Madrid, a Rodríguez Zapatero le llegaba una inmersión precipitada en las aguas nunca del todo claras de la responsabilidad en materia de interés nacional, en virtud del viejo contraste entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad a la que tanto aludió Felipe González. No es lo mismo congratularse en la empatía con los jóvenes que reclaman el pacifismo como grado cero de la política y verse cara a cara con un Colin Powell que sabe de todos los caos del mundo. De la inteligencia política de Rodríguez Zapatero se dedujo inicialmente que no iba a pretender gobernar con un segmento de los votos que tuvo en ocasión tan trágica y que, aunque un sector de la ciudadanía diera por supuesto que un cambio de gobierno aleja a España de los tentáculos del terror de Al-Qaeda, atendería a los intereses conjuntos de toda la sociedad española, fundamentalmente inquieta respecto a su seguridad, después del macroatentado del 11-M. Lo cierto es que a finales de mayo de 2004 las tropas españolas ya habían regresado de Irak.
Los cien días del gobierno Zapatero fueron algo así como la puesta en circulación del euro: nadie sabía muy bien lo que valían las cosas pero la nueva moneda daba cierta ilusión. Por lo general, continuamos pensando en pesetas. (...) El gobierno socialista que preside Zapatero intenta decir como puede que, puesto que hay que gobernar, ellos representan un nuevo modo de gobernar. (...) Todo eso busca entrar en simbiosis con la sociedad hasta que pensemos que no dejamos de ser buenos aunque hagamos algo mal. En realidad: es casi imposible ser malos. En los fundamentos del proteccionismo moral del gobierno Zapatero se da una analogía curiosa con la tesis de List sobre el proteccionismo como política temporal, sólo justificada para aquellas industrias que no podrían hacer frente a la competencia de las de otros países, por haber iniciado su desarrollo posteriormente. Tal argumento, (...) tomó el nombre de «industrias infantiles». (...) Aplicado a la categoría moral de la política de Zapatero, las «industrias infantiles» a proteger de la competencia selvática son los buenos sentimientos y el valor absoluto de la paz, incluso quién sabe si por encima de la legítima defensa propia, o de la respuesta proporcionada. Tengamos un ejército pero que sea decorativo, tengamos cárceles pero que sean de cinco tenedores. (:::) Seamos más buenos y todo nos irá mejor (...)
Título: Por un futuro imperfecto
Autor: Valentí Puig
Editorial: Destino
Número de Páginas: 256
Precio: 18,50 euros
Fecha de Salida: 21 de septiembre
Valentí Puig
Valentí Puig ofrece en su ensayo "Por un futuro imperfecto" (Destino) «un repaso incompleto de lo que sabemos fragmentariamente sobre el paso del siglo XX al XXI», según explica el autor en la introducción, que ofrecemos parcialmente. Un paso marcado por la caída del Muro, a finales de 1989, y el estruendo de otra caída, la de las Torres Gemelas, en septiembre de 2001, y sus horrendas réplicas (como la del 11-M). Sobre la mesa, las tibiezas y los temores de una UE ampliada, un Islam fracturado, los espejismos de Naciones Unidas, cierta desilusión democrática, las sombras del multiculturalismo, los dilemas bioéticos...Al caer las Torres Gemelas de Manhattan alguien recordó al teólogo Rinhold Niebuhr cuando decía que incluso aquellos con parte de culpa tienen derecho a la defensa propia. Norteamérica, agredida, tuvo que ir a la caza de Osama Bin Laden en las montañas afganas, hasta que cayó el régimen de los talibanes. Al-Qaeda atacaba en Bali o en Filipinas. Luego atacó en Madrid. Bin Laden ha querido alterar drásticamente el mundo musulmán pero hasta ahora eso no ha ocurrido: el califato que iba a expandirse desde el Atlántico al Pacífico no existe pero nosotros nos sabemos más vulnerables. Europa tiene miedo y España ha quedado profundamente empapada con el dolor del 11 de marzo.
Sería un error catastrófico pensar que Al-Qaeda dejó de existir en España porque las elecciones generales de marzo de 2004 han conllevado un cambio de gobierno y un giro en la política exterior. Si ETA busca la destrucción de España, Al-Qaeda ha iniciado una ofensiva para libanizar Europa, la Europa-rehén castigada por haber sido la Europa de la Ilustración y de las catedrales. Bin Laden se propuso reconquistar España mucho antes de la intervención aliada en Irak: para su regresión atroz al califato, el totalitarismo islamista se alía con la alta tecnología, la espingarda cede el paso al terror de la era digital. Anteriores a la intervención en Irak, las amenazas de Bin Laden a España se refieren al sueño dorado del islam, el Al-Andalus que concluyó tras la conquista de Granada. Dimana de la patología extrema del antioccidentalismo y de la revancha del terror contra un mundo que alguien como Bin Laden ve corrompido por la libertad.
Es en el mundo rarefacto y exaltado de las «madrasas» donde se propaga la teología del terror.
La infraestructura de Al-Qaeda en España no es una realidad menor como han revelado las investigaciones sobre el 11-M. Ya tres meses antes del atentado contra las Torres Gemelas de Manhattan, la policía española detuvo en Alicante a quien se consideraba lugarteniente de Osama Bin Laden en Europa. En julio de 2001 los pilotos suicida que iban a demoler las torres de Manhattan se reunían en Tarragona. Mohamed Atta estuvo aquí. El sirio con pasaporte español Imad Eddin Barakat oficiaba como jefe de la célula española de Al-Qaeda. En España las detenciones después del 11-S fueron numerosas y se hizo patente que la organización terrorista de Bin Laden mantenía ramificaciones insospechadas y plenamente operativas. Así llegamos a la desolación y la furia del 11 de marzo, de la mano del totalitarismo teocrático. Bin Laden maneja sus finanzas por Internet, recluta nuevos terroristas, busca la adhesión de pilotos y personal de vuelo, puja en los mercados de armamento nuclear, químico y biológico.
Con los nuevos terroristas se resquebrajan los principios más elementales del convivir mundial: en realidad, su objetivo no es otro que representar otra civilización que se adjudica el derecho y el deber de eliminar a quienes no asuman a Alá. Cuando se producen macro-atentados de Al-Qaeda, se oye en algunas zonas del Islam un clamor congratulado entre las masas reducidas al fanatismo y al odio: necesitan de un gran enemigo exterior para no percatarse de que sus líderes autocráticos les subyugan y explotan cada día en nombre de la aniquilación de Israel o de los Estados Unidos, de unos nuevos guerreros que actúan por fanatismo insoluble en los paisajes de la mundialización. Conocen y poseen la alta tecnología necesaria para intentar destruir la civilización que ha conjugado tecnología y libertad. Al-Qaeda expande sus franquicias en cualquier rincón del mundo, a la velocidad de la luz. El califato será impuesto a lomos de un misil comprado en cualquier ex república soviética.
El islamismo radical cree ciegamente que el Islam es la solución para todo y que es legítimo imponerlo como sea. En la jihad contemporánea, el 11-S y el 11-M son incentivos para proseguir la lucha final. En una entrevista de finales de abril, Bernard Lewis declaraba al Atlantic Monthly que la comunicación fracasa entre Occidente y el Islam. En un momento de convulsión e incertidumbre para Irak, Lewis insistía -frente a la sugerencia de una fragmentación iraquí- en su tesis de una solución monárquica, con la restauración de la monarquía hashemita como gobierno de transición, fundamentado en la constitución iraquí de 1925. En las mismas fechas, Samuel P. Huntington -teórico del choque de civilizaciones- reafirmaba en L'Express que con la intervención norteamericana en Irak se daban dos guerras: la primera -ya ganada- contra Saddam Hussein y su régimen; la segunda contra los iraquíes, y se perderá, entre otras cosas porque Occidente ya no domina el mundo como después de la Gran Guerra. En las circunstancias actuales, la civilización musulmana constituye un bloque ideológico que fuerza a Occidente a abandonar toda pretensión de universalismo. A finales de mayo, la revelación de malos tratos contra presos iraquíes en la penitenciaría de Abu Ghraib incrementaba el vuelco de la opinión pública internacional contra la iniciativa de George Bush jr. También por las mismas fechas, el general Myers, jefe del estado mayor conjunto del ejército de los Estados Unidos, decía: «No hay modo de perder militarmente en Irak. Y a la vez no hay modo de ganar militarmente en Irak». Con la perspectiva de las elecciones presidenciales en noviembre de 2004, perdía popularidad el titular de la Casa Blanca aunque los expertos advertían que las encuestas que realmente valdrán serán las de octubre. En realidad, el candidato demócrata John Kerry no anda diciendo cosas radicalmente distintas sobre Irak.
Si Huntington estaba diciendo que la oposición -respecto a Irak- entre Estados Unidos y el eje franco-alemán es un fracaso de Occidente, George Steiner era muy claro al declarar que el problema en general es la irremediable decadencia de Europa, decadencia debida a la fatiga, a una fatiga enorme. En tal contexto, la crisis trasatlántica reclama tiempo y cordura. A efectos de seguridad de Occidente, la Alianza Atlántica anda buscando todavía su redefinición. A finales de mayo, el holandés Jaapp de Hopp Scheffer, nuevo secretario general de la OTAN, anunció en The Financial Times que la organización requería de un buen zarandeo en el modo de planear y financiar sus operaciones, como parte de una mayor estrategia para adaptarse a las necesidades del siglo XXI. En práctica concordancia con la Unión Europea ampliada, los veintiséis miembros de la OTAN tenían que compartir el coste de sus misiones. Como sabe la OTAN desde el 11-S, la amenaza del terror global implica la disponibilidad de armamento de destrucción masiva.
Para no pocos analistas, incluso para los neoconservadores, a mediados del año 2004, la estrategia de los Estados Unidos en su guerra contra el Islam fundamentalista estaba en fase de crisis. De una parte Al-Qaeda no había logrado una insurrección musulmana a escala global, ni tan siquiera parecía poder instalar la teocracia coránica en Arabia Saudita, pero de otra parte los Estados Unidos parecían haber cronometrado de forma inexacta su intervención militar para derrocar a Saddam Hussein.(...) Con el tiempo, lo que acabe por ocurrir en Irak será una lección de realpolitik. Lo real es imperfecto y al operar sobre la realidad se hace imperfectamente. (...)
Como resumen dramático de la crisis de voluntad en Occidente, André Glucksmann -mâitre à penser en época de tanto amedrentamiento intelectual- dice que ante la ofensiva de Al-Qaeda lo esencial de la batalla está en las mentes de todos los ciudadanos: que expresen claramente que no se dejarán aterrorizar. España, Europa, el mundo entero: Al-Qaeda ha atentado en los cuatro puntos cardinales. No hay voluntad suficiente para globalizar la seguridad frente a organizaciones terroristas que, como Al-Qaeda -según algunos expertos- tienen naturaleza de protoplasma flexible, amorfo, móvil, nómada, transnacional, global, desterritorializado, dinámico e imprevisible. Continuará hablándose de una cláusula de «solidaridad» que obligue a los socios de la Unión Europea a asistir al país-miembro que sea objeto de un ataque terrorista aunque hasta ahora la solidaridad ante el riesgo no ha sido el rasgo más específico de la Europa política. Si la Unión Europea entrase en pánico ante la operatividad del Komitern islamista mostrada en el macroatentado de Madrid, habremos ingresado en una etapa de nuevas fronteras, de populismos xenófobos, de incertidumbre económica, de grandes recelos, de inanición política y de rendición moral. (...)
Por su carácter ahistórico que algunos consideran post-moderno, el idealismo europeísta tiende a olvidar que el sacrosanto egoísmo de las naciones -el interés nacional- es la fuerza más poderosa que rige el equilibrio de Europa. Si el carácter es poder, a la Unión Europea no le sobra voluntad política para ejercer todo su peso en el mundo, como se vio en los Balcanes y ahora en Oriente Medio. Los gobernantes saben que la televisión ha cambiado la sensibilidad del telespectador ante la noticia dolorosa e ingrata. El zapeo conlleva unas clamorosas peticiones de justicia universal que al poco se olvidan para ubicarse en la indignación por otra tragedia remota. Es un martilleo ininterrumpido de crispación moral que parece requerir intervenciones inmediatas in situ, pero esas movilizaciones emotivas son más bien volátiles.
Las mieles de una victoria electoral inesperada contrastan luego con el áspero tacto de la realpolitik, sea uno conservador o socialdemócrata. Con el resultado electoral inmediatamente posterior al atentado de Madrid, a Rodríguez Zapatero le llegaba una inmersión precipitada en las aguas nunca del todo claras de la responsabilidad en materia de interés nacional, en virtud del viejo contraste entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad a la que tanto aludió Felipe González. No es lo mismo congratularse en la empatía con los jóvenes que reclaman el pacifismo como grado cero de la política y verse cara a cara con un Colin Powell que sabe de todos los caos del mundo. De la inteligencia política de Rodríguez Zapatero se dedujo inicialmente que no iba a pretender gobernar con un segmento de los votos que tuvo en ocasión tan trágica y que, aunque un sector de la ciudadanía diera por supuesto que un cambio de gobierno aleja a España de los tentáculos del terror de Al-Qaeda, atendería a los intereses conjuntos de toda la sociedad española, fundamentalmente inquieta respecto a su seguridad, después del macroatentado del 11-M. Lo cierto es que a finales de mayo de 2004 las tropas españolas ya habían regresado de Irak.
Los cien días del gobierno Zapatero fueron algo así como la puesta en circulación del euro: nadie sabía muy bien lo que valían las cosas pero la nueva moneda daba cierta ilusión. Por lo general, continuamos pensando en pesetas. (...) El gobierno socialista que preside Zapatero intenta decir como puede que, puesto que hay que gobernar, ellos representan un nuevo modo de gobernar. (...) Todo eso busca entrar en simbiosis con la sociedad hasta que pensemos que no dejamos de ser buenos aunque hagamos algo mal. En realidad: es casi imposible ser malos. En los fundamentos del proteccionismo moral del gobierno Zapatero se da una analogía curiosa con la tesis de List sobre el proteccionismo como política temporal, sólo justificada para aquellas industrias que no podrían hacer frente a la competencia de las de otros países, por haber iniciado su desarrollo posteriormente. Tal argumento, (...) tomó el nombre de «industrias infantiles». (...) Aplicado a la categoría moral de la política de Zapatero, las «industrias infantiles» a proteger de la competencia selvática son los buenos sentimientos y el valor absoluto de la paz, incluso quién sabe si por encima de la legítima defensa propia, o de la respuesta proporcionada. Tengamos un ejército pero que sea decorativo, tengamos cárceles pero que sean de cinco tenedores. (:::) Seamos más buenos y todo nos irá mejor (...)
Título: Por un futuro imperfecto
Autor: Valentí Puig
Editorial: Destino
Número de Páginas: 256
Precio: 18,50 euros
Fecha de Salida: 21 de septiembre



