Los dos tenores
EMILI PIERA
Creo que Josemari Aznar soltó la borriquería aquella de Georgetown -la lucha de don Pelayo contra la morisma ya era un combate contra Al Qaeda- para que todo el mundo hablara del rebuzno y no comentase ni el fondo ni la forma de su discurso en inglés, pieza oratoria original que, en una especie de karaoke sonoro, lograba que fuera inglés sin dejar de ser, ni por el concepto ni por la guturalidad, vallisoletano del ex, pellizcado y sumarísimo. Josemari: nunca debiste cruzar el Tormes. Aznar no necesita clases de inglés, sino de canto, a ver si se suelta.
Luego, por la noche, esperé en vano a los guiñoles del Plus: su espacio lo ocupaba el fútbol de pago, está claro que preferían hacer caja antes que aporrear mastuerzos. El Real Madrid de ahora mismo, que tiene negratas bulímicos, un argelino de calva sensible y un macarra inglés con tantos tatuajes como un guerrero maorí, tiene más que ver con el concepto de España -cualquier cosa que sea el ectoplasma en cuestión- que la idea nacional que habita en la cabecita de Josemari: si en trece siglos no hemos logrado librarnos de Al Qaeda, es que nosotros somos Al Qaeda. Nos peleamos con los moros, pero no más que con la parienta: hubo más bodas y bautizos que batallas.
Si los alumnos de Georgetown abonan doce mil euros por oír a Josemari, es que no se paga el saber sino la posición. El poder es vertical; la geografía, horizontal. Se puede ir a todas partes, pero hay que estar en ciertos sitios. Y para saber lo que es el Real Madrid hay que leer a J. V. Aleixandre. Mientras tanto, Zapatero lanzaba su alternativa en Naciones Unidas, que es un no-lugar, una especie de aeropuerto suizo que, sin embargo, está en EE UU: hay que tocar la bandurria en el despacho del padre director.
Al terminar su discurso, víctima de un esponjamiento cercano a la hinchazón, un Aznar arrebolado sonrió a quienes le aplaudían, turbado y parvo, como un opositor que ha logrado cantar el tema que le pedían.
EMILI PIERA
Creo que Josemari Aznar soltó la borriquería aquella de Georgetown -la lucha de don Pelayo contra la morisma ya era un combate contra Al Qaeda- para que todo el mundo hablara del rebuzno y no comentase ni el fondo ni la forma de su discurso en inglés, pieza oratoria original que, en una especie de karaoke sonoro, lograba que fuera inglés sin dejar de ser, ni por el concepto ni por la guturalidad, vallisoletano del ex, pellizcado y sumarísimo. Josemari: nunca debiste cruzar el Tormes. Aznar no necesita clases de inglés, sino de canto, a ver si se suelta.
Luego, por la noche, esperé en vano a los guiñoles del Plus: su espacio lo ocupaba el fútbol de pago, está claro que preferían hacer caja antes que aporrear mastuerzos. El Real Madrid de ahora mismo, que tiene negratas bulímicos, un argelino de calva sensible y un macarra inglés con tantos tatuajes como un guerrero maorí, tiene más que ver con el concepto de España -cualquier cosa que sea el ectoplasma en cuestión- que la idea nacional que habita en la cabecita de Josemari: si en trece siglos no hemos logrado librarnos de Al Qaeda, es que nosotros somos Al Qaeda. Nos peleamos con los moros, pero no más que con la parienta: hubo más bodas y bautizos que batallas.
Si los alumnos de Georgetown abonan doce mil euros por oír a Josemari, es que no se paga el saber sino la posición. El poder es vertical; la geografía, horizontal. Se puede ir a todas partes, pero hay que estar en ciertos sitios. Y para saber lo que es el Real Madrid hay que leer a J. V. Aleixandre. Mientras tanto, Zapatero lanzaba su alternativa en Naciones Unidas, que es un no-lugar, una especie de aeropuerto suizo que, sin embargo, está en EE UU: hay que tocar la bandurria en el despacho del padre director.
Al terminar su discurso, víctima de un esponjamiento cercano a la hinchazón, un Aznar arrebolado sonrió a quienes le aplaudían, turbado y parvo, como un opositor que ha logrado cantar el tema que le pedían.



