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Ciberterrorismo (e-Yihad) (e-Qaeda) y Terrorismo Islamista

sábado, septiembre 25, 2004

Cara a cara con Basáyev entre los escombros de Grozni

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TEXTO: JUAN CIERCO/

Chechenia. Un sótano de Grozni. Enero de 1995. Sin luz. Sin agua. Cena con velas. A un lado Ricardo Ortega y este corresponsal. Al otro, Shamil Basáyev y sus lugartenientes.

Beslán quedaba lejos. Budionnovsk no tanto

Han pasado casi diez años. Una década de dolor y destrucción en Chechenia. Una década de venganzas. De bombardeos indiscriminados contra la población civil de Grozni, de Urus Martán, de Shalí, de Argún, de tantas localidades chechenas hoy devastadas.

Una década de ataques terroristas en el corazón de Moscú, en las zonas más miserables del Cáucaso, en teatros y colegios, en aviones y estaciones de metro, en esa Beslán donde el horror se comió cualquier esperanza de vida.

Hace una década este corresponsal trabajaba también para ABC en una Rusia no tan distinta a la actual. La guerra de Chechenia acababa de estallar poco antes de las Navidades más tristes que uno recuerda, las de 1994. Los enviados especiales españoles (el añorado Carlos Bradac; Francisco Herranz, «Pacovich»; Pilar Bonet; Kike del Viso; José Ramudo y Maellas; Ricardo Ortega, mención aparte) dejábamos Grozni a nuestras espaldas, impotentes ante la inminente ofensiva rusa.

Allí quedaba también Karina, una niña de 9 años que abandonamos a su suerte junto a su desesperada familia después de haberla adoptado un poco entre todos. La conciencia, todavía hoy, pasea por eso a la pata coja.

Quizás por Karina, por una profesionalidad inconsciente, por esa adrenalina que fluye y no para cuando de cubrir una guerra se trata, volvimos alguno de la mano de Ricardo semanas después a una Grozni ya entonces reducida a escombros.

Paisajes dantescos

Los muertos habían tomado sus calles. Los vivos sólo tenían fuerzas para enterrar a las víctimas en los cementerios. Los guerrilleros chechenos resistían bajo tierra. Las bombas de una tonelada caían por doquier. Los líderes rebeldes huían a las montañas.

Ricardo Ortega, sin embargo, creía que la noticia estaba en la capital y uno nunca discutía las ideas de Ricardo, mucho menos en Grozni. La prioridad para el entonces corresponsal de Antena 3 en Moscú era encontrarse con Shamil Basáyev, cabecilla ya de los insurgentes, diseñador de las operaciones más dañinas contra el Ejército ruso, estratega a la postre de acciones terroristas tan espeluznantes como las del hospital de Budionnovsk, el teatro Dubrovka de Moscú, el parque Izmailovski de la capital rusa o el reciente asalto del colegio de Beslán en Osetia.

La apuesta de Ricardo, verdadero artífice de un encuentro muy esperado, tuvo su recompensa. Una noche de mediados de enero, con Grozni tan oscura y sedienta como cualquier otra noche de ese mes, de ese año, de los próximos; con el olor a muerte y muerto en cada esquina; con los edificios humeantes por bombardeos tan recientes como devastadores, dos de los lugartenientes de Shamil Basáyev dieron con nosotros, o quizás nosotros con ellos, y nos condujeron, junto al cámara ucraniano de Ricardo, a su madriguera.

Mientras cenábamos a la luz de las velas un pollo cocinado hacía demasiados días, mezclado con arroz hervido, todo con las manos, Basáyev explicaba, con ese acento ruso tan peculiar que incluso a Ricardo le costaba descifrar, el por qué de su guerra pero, sobre todo, nos adelantaba, sin nosotros saberlo, lo que se avecinaba.

Lo hacía sin quitarse la gorra que permanentemente tocaba su cabeza, sin dejar de acariciarse la poblada barba que escondía sus cicatrices, sin dejar de vigilar de reojo sus armas, siempre cercanas, siempre cargadas. Lo hacía ante la complaciente mirada de sus lugartenientes, hombres rudos como él, curtidos en mil batallas, con una sed de venganza sin saciar desde el genocidio de las deportaciones estalinistas.

Beslán ha sido el penúltimo legado de un padre de familia que ha perdido en la guerra. De un hombre que no tenía la más mínima duda en su estrategia: regalar el mismo dolor al enemigo ruso que el sufrido por su pueblo.

Su argumento, diáfano: «Rusia nos aniquila y el mundo lo aprueba, nuestra venganza será igual de aniquiladora e indiscriminada». Y así ha sido.

Ricardo ya no puede dar fe de ese encuentro breve pero impactante. Murió hace unos meses tiroteado en Puerto Príncipe. Siempre que hablábamos en la distancia recordábamos aquella cena que acabó sin despedidas entre el estruendo de unas bombas caídas demasiado cerca. El horror de Beslán la ha rescatado de la memoria intranquila